Entrevista exclusiva al Padre Numa Molina: “El individualismo salvaje nos está destruyendo”
miércoles, 23 de marzo 2016

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El sacerdote jesuita, doctor en Teología Espiritual por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, párroco de la histórica iglesia de San Francisco, en pleno centro de Caracas, afirmó que es necesario expulsar a todos los mercaderes del templo, desde los grandes empresarios hasta los bachaqueros y raspatarjetas.

 

En entrevista exclusiva del periodista Clodovaldo Hernández para LaIguana.TV, Molina (Mucuchachí, Mérida, 1957), también expresó las siguientes opiniones:

 

- “En materia de ética necesitamos refundarnos, partir de cero. Para llegar a la crisis ética actual nos fueron trabajando desde hace años. Por ejemplo, nos sembraron la cultura malévola de ir al exterior a raspar el cupo”.

 

- “El diálogo (político) podría lograrse alrededor del amor a la patria, pero nos encontramos con una oposición que, por sus actitudes, por la venta de su conciencia al imperio, pareciera que no ama a la patria”.

 

- “Bajo el enfoque cristiano, tiene que haber primero reconocimiento de la culpa, arrepentimiento de haber ofendido al hermano, y en él a Dios”, dijo, refiriéndose a la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional.

 

- “Si algunos dirigentes políticos, en lugar de andar por ahí diciendo que son presos políticos, reconocieran el error que cometieron y le pidieran perdón al pueblo venezolano que fue ofendido y dañado, ¡cómo se crecerían como seres humanos!”

 

- “El modelo que ha fracasado en el mundo es el modelo capitalista, y eso se viene percibiendo desde hace rato. ¿Y qué cosa es el capitalismo sino individualismo? El hombre está llamado vivir en comunidad y toda dinámica que lo aleje de esa vocación significa destrucción de la esencia humana”.

 

- “Si entendiéramos por la vía positiva el cristianismo, esto sería el paraíso. Solamente con poner en práctica dos mandamientos, no robar y no matar, tendríamos resuelto el problema del país”.

 

A continuación, la conversación completa:

 

-Usted es sacerdote y periodista, es decir, comunicador por partida doble. Tiene la oportunidad de llevarle el mensaje a la gente, pero también la de escuchar lo que esa misma gente dice. ¿Desde esa privilegiada posición, cuál diría que es la principal angustia del pueblo en la actualidad?

-Yo creo que la gran angustia está en la escasez, en no encontrar productos de primera necesidad, en tener que hacer colas infinitas. La gente hoy no tiene tiempo para el descanso. Hasta la vida familiar se ha visto truncada. El día libre que Chávez le había ganado al pueblo con la nueva Ley del Trabajo, eso se lo quitó ya la guerra económica. Tú escuchas a las familias hablando es de a quién le toca hoy (ir a comprar, según el terminal de la cédula). Ayer, la esposa de un colaborador mío acá en la iglesia estuvo desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde en el Central Madeirense de Montalbán para comprar dos paquetes de espagueti y un kilo de azúcar. La otra gran angustia es la inseguridad, la sensación de que en cualquier lugar o en cualquier momento te van a atracar y no sólo eso, sino que te pueden matar, pueden quitarte el celular y no conformes con eso, te meten un tiro. Esa es la verdad, no podemos caernos a mentiras. Eso está pasando y yo hago una reflexión: Estamos ante una crisis ética muy grande y lo único que nos puede salvar es una refundación ética, a través de una campaña profunda y duradera de enseñanza de valores. Tenemos que comenzar desde la familia, que está rota, destruida, sin valores. Esto no comenzó ayer, no empezó con la Revolución, tenemos que regresar en el pasado y ver las cochinadas de las telenovelas que nos inocularon durante tantos años. Estamos cosechando lo que tal vez durante una o dos generaciones se nos sembró. Es una degeneración ética, por eso no basta con reformar, se debe refundar, partir de cero.

 

-Este fenómeno del pueblo especulando al pueblo, de la gente común actuando de la misma forma que los grandes empresarios neoliberales, ¿no genera una situación como aquella en la que Jesús expulsó a los mercaderes del templo?

-En aquella época, entre los mercaderes del templo había tres categorías: los que vendían bueyes y ovejas, los que vendían palomas y pichones, y los cambistas. Los primeros eran terratenientes, la clase adinerada, comparables con los grandes empresarios de hoy. Los que vendían palomas eran pequeños comerciantes, equivalente a los bachaqueros de nuestros días. Y los cambistas eran los que cambiaban la moneda del imperio romano por una moneda propia del templo. Esa era la manera de evitar que el dinero del César llegara al templo, porque eso era pecado. En esa operación de cambio surgía todo un negocio. Esos cambistas eran como nuestros raspatarjetas. Si hoy quisiéramos sacar a los mercaderes del templo habría que comenzar por los grandes empresarios, los que le han hecho tanto daño al país, la Polar, la Colgate-Palmolive, la Johnson & Johnson, la Nestlé... A esos hay que sacarlos de primeros, pero también a los de las otras categorías, los que revenden, los dueños de abastos y pequeños comercios, y luego estos que ahora se llaman bachaqueros, que son el pueblo robando al pueblo. Yo, en una de mis columnas, tengo un personaje que se llama “Cheo el Bachaquero”, un señor que era jardinero en una urbanización y pidió 3 mil bolívares diarios de sueldo y como la junta de condominio no se los dio porque le pareció muy costoso, dijo “me voy porque bachaqueando gano más”. La escasez y las colas han traído acaparamiento, especulación y, sobre todo, conflictos en la calle porque ahora la gente le tiene aversión a los que antes eran buhoneros, a quienes el pueblo defendía y decía “pobrecitos, déjenlos trabajar”, y les tiene aversión porque ya no son buhoneros sino bachaqueros y eso es igual que decir publicano, en tiempos de Jesús. Los publicanos eran cobradores de impuestos y ladrones que explotaban al pueblo. Aquí, además, muchos policías actúan en complicidad con ellos, son malandros, matraqueros y protectores de los bachaqueros. Ese es el nivel de prostitución al que ha llegado nuestra gente, porque las personas no sólo pueden prostituirse sexualmente, sino cuando se dejan comprar la conciencia, sus valores. Esto es algo en lo que nos fueron trabando desde hace años. Por ejemplo, nos implantaron esa cultura malévola de ir al exterior a raspar el cupo de viajero para revender los dólares. De esa manera, entre muchas otras, se inoculó en el pueblo la antiética, la inmoralidad, el no me importa si tengo que venderle el alma al diablo. Hoy nos encontramos con gente que esconde las medicinas para luego venderlas bien caras, sin saber si la falta de esa misma medicina puede causarle un daño o la muerte a su propia madre o a un ser querido. Cada tipo de mercader se merece un castigo distinto. Por supuesto que la mayor culpa es la de los grandes empresarios que desataron la guerra económica, pero igualito los bachaqueros se dejaron mentalizar por el capitalismo salvaje y por el individualismo. Ese, por cierto, es el factor común de todos los mercaderes: detrás de un gran capitalista y de un bachaquero lo que hay es el individualismo salvaje, que nos está destruyendo como país.

 

-Pasando al campo político, desde el 6D tenemos un nuevo cuadro en nuestra ya añeja polarización. El sector opositor exige más poder luego de ganar las elecciones parlamentarias y esto ha generado un conflicto institucional, entre poderes públicos. ¿Cristianamente hablando, cómo puede resolverse una situación así?

-Cristianamente se resuelve con el diálogo. Ahora, para que haya diálogo tiene que haber ciertas condiciones y una de ellas es la fórmula que el papa Francisco dejó a los paraguayos. Él les dijo: “dialoguen, pero sin perder la identidad y ¿cuál es su identidad?... el amor a la patria”. Entonces, yo digo que nosotros podemos ser opuestos diametralmente, pero si tú amas a la patria y yo amo a la patria, alrededor de eso nos podemos sentar a dialogar. Alguien puede decir que amar a la patria puede ser algo muy distinto para cada sector, pero pongámoslo en blanco y negro: yo amo la historia de este país, amo a mis antepasados, a sus símbolos, a nuestra cultura, el folclor, la naturaleza, los paisajes, los ríos, todo eso que el Señor nos regaló, y una persona opositora también puede amar todo eso. Lo que veo que hace muy difícil el diálogo es que nos encontramos con una oposición que, con sus actitudes de venta de su conciencia al imperio, pareciera no amar a la patria. Si ellos se deslindaran de los Estados Unidos, si tuvieran actitudes más nacionalistas, si demostraran más que quieren a Venezuela, te aseguro que alrededor del amor a la patria, podrían sentarse a dialogar gobierno y oposición. Pero, basta ver cómo comenzó su gestión la Asamblea Nacional, echando de allí al Libertador Simón Bolívar y al comandante Chávez que ya es un patrimonio de la historia nacional, quiéranlo o no, porque él hizo algo que las masas empobrecidas le reconocen. Esa fue una manera de comenzar atacando los sentimientos patrios más elementales. Y, además, el nuevo presidente de la Asamblea Nacional llegó al Palacio Legislativo en un carro de la embajada de EE.UU. Eso lo dejaron pasar en los medios, pero fue algo muy simbólico. En resumen, si no hay amor a la patria no puede haber diálogo y allí es donde tenemos el juego trancado.

 

-Como producto de ese enfrentamiento institucional han surgido iniciativas legislativas que generan mucha tensión, mucho conflicto. Una de ellas es el proyecto de Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional. ¿Podría usted analizar esta ley desde el punto de vista del perdón religioso, del perdón católico? ¿Se puede lograr el perdón y la reconciliación por esta vía?

-No, porque el perdón no se decreta, se construye, igual que la paz. Y para que haya perdón, es necesario que exista en el sujeto que agredió un proceso interno que lo lleve a caer en la cuenta de que cometió un error, que hizo mal. Debe comenzar por solicitar ese perdón, aceptando que falló. El gran problema es que hay una porción del pueblo que está herido y eso no lo resuelve una ley de amnistía que además ha sido hecha a la carta, a la medida. Eso no puede ser. Yo estaría de acuerdo con liberar a las personas inocentes que puedan estar detenidas o procesadas sin justificación, pero para eso no hace falta una ley de amnistía, sino una comisión de la verdad, de hombres y mujeres con honestidad e imparcialidad, integrada por personas del gobierno y de la oposición, que investiguen los temas y que digan quiénes no deben nada. Eso sí sería sanador y restaurador para todo el pueblo, porque no se le estaría arrebatando el derecho a las víctimas. Mientras haya víctimas, el victimario no puede erigirse en el juez. Bajo el enfoque cristiano, tiene que haber primero reconocimiento de la culpa, arrepentimiento de haber ofendido al hermano, y en él a Dios. De lo contrario, no puede haber absolución en la confesión. Eso es un esquema que viene desde los primeros siglos del cristianismo.

 

-¿Y también debe haber propósito de enmienda, cierto?

-Sí, claro, eso viene después del reconocimiento de la ofensa. Yo primero reconozco que te he ofendido, luego pido perdón y manifiesto mi decisión de no volver a ofenderte. Y esto de pedir perdón no es a Dios, sino a la persona ofendida, a la víctima. El problema del pecado entre los cristianos es que lo hemos teologizado, es decir que creemos que nuestra responsabilidad es pedirle perdón a Dios y no al ser humano al que hemos afectado. Eso repercute en la vida social, en la vida política. Si yo te ofendo a ti, allá en la urbanización donde somos vecinos, te digo de todo, te trato mal, y luego me doy cuenta de que fui un patán, de que pequé… entonces me vengo para la iglesia de San Francisco y me confieso, le pido perdón a Dios, a través del sacerdote, y me quedo con la conciencia tranquila. Eso es una falla que viene del catecismo, porque nos enseñaron que el pecado es una ofensa a Dios, pero no nos dijeron que es una ofensa a Dios en el prójimo porque en el prójimo está Cristo. Ese gesto de pedirle perdón al prójimo es lo que más valor tiene y lo que hace grande al ser humano. Yo pienso que si algunos dirigentes políticos, en lugar de andar por ahí diciendo que son presos políticos, reconocieran el error que cometieron y le pidieran perdón al pueblo venezolano que fue ofendido y dañado, ¡cómo se crecerían como seres humanos!

 

-Los venezolanos estamos, naturalmente, muy enfrascados en nuestros problemas. La oposición dice que estos son una demostración de que el modelo socialista ha fracasado. Pero basta dar una mirada al resto del mundo para comprobar que también está envuelto en una profunda crisis moral, política, económica y social. Hay guerras, terrorismo, migraciones forzosas, hambre, esclavitud, narcotráfico… Y en ese resto del mundo no se ha estado experimentando últimamente con ningún modelo socialista. ¿Entonces, qué modelo es el que ha fracasado en el mundo?

-El modelo que ha fracasado en el mundo entero es el modelo capitalista, y eso se viene percibiendo desde hace rato. ¿Y qué cosa es el capitalismo sino individualismo? El hombre está llamado vivir en comunidad y toda dinámica que lo aleje de esa vocación significa destrucción de la esencia humana. El hombre que renuncia a vivir en comunidad deja de ser humano, pierde su humanidad, y eso es lo que ocurre en el capitalismo. Así vemos como el mundo es controlado por 200 empresas transnacionales, respaldado por un imperio perverso y por una alianza militar como la OTAN que ha convertido a los países de Europa en aduladores, muchachitos de corte de EE.UU. Esos factores de poder han llevado al mundo a ser lo que es hoy, un lugar donde el hombre es el lobo para el hombre. El nivel de individualismo que existe hoy nos ha llevado al salvajismo en medio de un mundo que se dice civilizado.

 

-La Semana Santa rememora la pasión y muerte de Cristo, pero termina celebrando su resurrección, de manera que esta entrevista también debería concluir con una visión positiva. ¿Hay espacio para la esperanza?

-Si los dos mil millones de cristianos que existimos en el mundo nos pusiéramos de acuerdo para retornar a Jesús y vivir su mandamiento, ya con eso podríamos lograr mucho. Para hablar únicamente de Venezuela, si el 90% de la población, que es cristiana, tanto católicos como de otras confesiones, nos pusiéramos de acuerdo para vivir el evangelio de Jesús radicalmente, eso bastaría para cambiar. Entonces, claro que hay esperanza. Una Semana Santa vivida con conciencia cristiana bastaría para cambiar a esta Venezuela. Y esa conciencia implica que cada uno comience a reconocer en el otro a su hermano, que comience a entender, como dice Jesús en Mateo 16, que lo que le hacemos a un ser humano se lo hacemos a Dios. Si yo le escondo la comida a mi prójimo es como si le negara alimento a Jesús; y si ayudo a mi prójimo a que consiga lo que necesita, es como si ayudara a Dios. Si entendiéramos por la vía positiva el cristianismo, esto sería el paraíso. Solamente con poner en práctica dos mandamientos, no robar y no matar, tendríamos resuelto el problema del país. Caminemos hacia allá porque eso es lo que significa Pascua: el paso del Señor por nuestra vida. Dejemos que Jesús pase por nuestra vida y veremos todos los cambios que se van a dar. En este momento es más urgente que nunca y ojalá la Iglesia lo predicara en esa línea, en lugar de quedarse en las devociones vacías. Hay que volver a Jesús, vivamos como él, vivamos en su evangelio y nuestro cristianismo tendrá un todo completamente distinto.

 

(Por: Clodovaldo [email protected])

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